Consejos para conversar mejor

Artículos, Desarrollo directivo

Hay quien se empeña en hacer difícil la comunicación. Lo estamos viendo en la política, en la religión y en muchos asuntos de la vida diaria. Observamos que cualquier tema da origen a debates y opiniones encontradas y esto no debería ser normal.

Hoy en día estamos más polarizados que nunca, más divididos que nunca en la historia conocida. Cada opinión e idea hace que en seguida se genere la contraria, que a veces se defiende con una exagerada vehemencia que roza la violencia. Tendemos a no conectar, a no escuchar lo que nos dicen, a en seguida preparar nuestra respuesta. Tomamos decisiones, incluso de índole personal, basadas en lo que creemos a ciegas, pensando que no hay otra verdad.

Las conversaciones deberían tener un equilibrio entre hablar y escuchar y no sucede así. Los jóvenes cada vez más olvidan esta importante regla, debido mayormente a que se relacionan más con una pantalla que con una persona en un cara a cara, mirando a los ojos, escuchando el tono de voz, los gestos de las manos… y todo esto desemboca en una poca habilidad para la comunicación entre ellos; es la comunicación por el dedo que escribe y no por la palabra que suena.

La capacidad de comunicación puede que sea la habilidad más importante en este siglo XXI.

Hagámonos estas preguntas:

  • ¿cuántas veces evitamos hablar con personas que tenemos cerca?
  • ¿cuántas veces intentamos imponer nuestro criterio sin atender, sin escuchar atentamente, pensando la respuesta… mientras habla la otra persona?

Tenemos que aprender a conversar y sobre todo a escuchar.

Reglas para una efectiva conversación, según Celeste Headlee, locutora de radio en EEUU y experta en comunicación. Tiene números libros publicados e imparte cursos para mejorar la comunicación.

 

  1. Una sola tarea.

Olvida tu teléfono móvil, deja de jugar con las llaves, deja de mirar la pantalla de tu ordenador. Sobre todas las cosas, debes estar presente en el momento que estás, sin pensar en nada más. De nada sirve aprovechar para pensar en temas domésticos, en otros temas laborales… si no se dan las mejores condiciones es mejor no conversar.

 

  1. No seas dogmático.

Si quieres mostrar tu opinión, tu criterio y tus ideas sin necesidad de réplica, sin que quien te escucha pueda aportar sus ideas, es mejor no conversar.

Seamos humildes cuando conversamos, tengamos la mente abierta.

Cuando nos ponemos dogmáticos nos convertimos en personas aburridas y más aburridos todavía cuando este dogmatismo trata de temas políticos, religiosos o similares pues no se aporta nada nuevo y quien nos conoce ya sabe lo que pensamos de tal o cual tema.

Cuando iniciemos una conversación, debemos hacerlo con la idea de que siempre hay algo que aprender. Una escucha sincera y abierta exige dejar a un lado las opiniones personales. Cada persona con la que hablemos, seguro que sabe algo que nosotros desconocemos.

 

  1. Preguntemos de forma abierta.

Es preferible iniciar las preguntas con QUIÉN, QUÉ, CUÁNDO, DÓNDE, POR QUÉ, PARA QUÉ o CÓMO…

Cuando hacemos una pregunta complicada, la respuesta es fácil que sea muy simple (si o no), pero cuando hacemos una pregunta abierta, estamos «forzando» a una mayor explicación.

Ejemplo, si preguntamos «¿hiciste tal cosa?», la respuesta fácil es si o no. Si preguntamos «¿por qué hiciste tal cosa?».

 

  1. Qué todo fluya.

Es de mala educación interrumpir a quien está hablando además es una pésima estrategia de conversación. Dejemos que quien habla se exprese con libertad. Cuando la otra parte está hablando, nuestra tarea (única) debe ser escuchar.

 

  1. Si de algo no conozco mucho, no hablo de ello.

Cuando nos postulamos como alguien experto en algo, damos aspecto de pretenciosos y esto puede ser un peligro para quien nos escucha pues puede provocar cierto rechazo. Es mejor ser prudente en temas que no controlamos completamente y decir claramente que no somos expertos, porque no podemos saber de todo.

 

  1. Las experiencias son únicas y personales.

Esto quiere decir que no equiparemos lo que nos haya pasado a nosotros con lo que nos estén contando. Cuando hacemos esto, hay una potente carga de ego, estamos deseando ser modelo de algo que no necesariamente va a servir a la otra parte.

Cada persona interioriza, expresa y siente de forma distinta y por supuesto es más que posible que lo haga de forma distinta a como sientes, interiorizas y te expresas tu.

Lo que el otro te cuenta no es sobre tu vida, es sobre el otro, sobre su experiencia, por lo tanto no es el momento de contar lo que nos pasó a nosotros en algo que (nosotros) pensamos es igual a lo que nos cuentan. Una conversación no debe ser una oportunidad promocional de nuestra persona, no debemos aprovecharlo para incluir en nuestra conversación, lo último que hemos aprendido o nuestra última experiencia. ¿Para qué cuentas algo tuyo cuando la otra persona te está contando lo suyo?

  1. Toda conversación es única.

Evitemos ser repetitivos, condescendientes y siempre cómplices de todo pues esto también es muy aburrido. Intercambiar opiniones es muy saludable si se respetan estas diez reglas.

 

  1. ¿Para qué cuentas detalles?

Cuando en nuestra conversación introducimos detalles (años, nombres, fechas…) es más que posible que no le interesen a la otra persona (a ti por supuesto que si porque además quieres mostrar todo lo que sabes del tema). Lo que de verdad cuenta como importante en la conversación es la historia, lo que hay en común con tu interlocutor, el punto de vista de cada uno. ¿Qué aportan los detalles en muchas de tus conversaciones?

 

  1. Escucha activa.

Esto es algo elemental y que todo el mundo conoce o cree conocer. Cada punto indicado anteriormente, lleva implícita esta regla. Escuchar es la capacidad más importante y la que quizá hay que desarrollar más.

En una conversación, cuando hablamos mucho aprendemos poco. De la misma forma, nadie resulta incómodo cuando escucha mucho.

Es evidente que lo normal es que se prefiera hablar porque además, hablando se tiene el control, por lo que quien habla mucho, tiene la sensación de controlar mucho. A esto se añade que hablando, uno no tiene la «obligación» de escuchar y se es el centro de atención, reafirmando nuestra identidad.

Cuando hablamos, lo hacemos a una velocidad que está en una media de 150 palabras por minuto, mientras que nuestro cerebro está capacitado para escuchar más de 500 palabras por minuto, por lo tanto, cuando habla otra persona, tenemos para llenar nuestra mente con 350 palabras (o conceptos distintos) si no prestamos la debida atención.

Hay que esforzarse y ser consciente de estar escuchando y que la otra persona nos perciba así. Si no lo hacemos de esta forma, podemos caer en el error que acabemos mal escuchando y si lo hacemos, sea para ir preparando nuestra réplica continuamente.

  1. Seamos breves.

Valoremos a quien nos escucha. Cuando le tomas el gusto a hablar ante otros, tendemos a hablar de más, a enrollarnos. Si además tenemos la sensación de gustar, el exceso de palabras estará servido.

 

Tengamos la boca cerrada tanto como podamos y la mente abierta siempre. Aprendamos a escuchar a los demás.

 

 

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